Idealizar

Durante los primeros años de casada, una compañera de trabajo solía decirme que no estaba enamorada. No diré que me sentía acosada, pero digamos que era muy insistente en su comentario. Yo me limitaba a sonreirle, nunca sentí la necesidad de responder dándole explicaciones o justificaciones.

Pero en mis adentros sabía lo que sentía por mi matrimonio. De manera precisa e igualitaria a lo que siento por mis hijos.

Y es que esperaba que debía destilar aroma a rosas al caminar, que un halo de luz rodeada mi cabeza y que mi voz al hablar entonara armónicas melodías. Ahí fue donde estuvo su error, que haya sido su caso (que no se si fue así) no me obliga bajo ningún concepto a que me tocara replicarla.

El amor es una palabra universal que se manifiesta de demasiadas maneras. Al punto tal de que cada persona lo manifiesta de manera distinta.

Se que los amo. Los amo a los tres. Y mis demostraciones de afecto, de cariño se las debo a ellos, no al público.

El mundo no sabe que despierto a mis hijos llenándolos de besos y cantándoles las canciones que prefieren. El público no es testigo de que todas las noches lleno de besos a mi esposo justo antes de que duerma. Ni que él al despertar instintivamente me busca en la cama, entre las sábanas para abrazarme y desearme buenos días.

Ahí radica el problema de idealizar. Nos enfocamos tanto en como creemos que deberían ser las cosas, que dejamos de ser dignos de saber como realmente ocurren.

Apuntes sobre la Maternidad

En alguna ocasión, más de una vez he escrito acerca de la soledad que representa ser madre.

Inmediatamente asumes ese papel el círculo de tus amigas, esas que siempre te acompañaron comienza a achicarse. No todas son capaces de entender el reto al cual te enfrentas. El idioma que hablas resulta extraño para ellas… en el momento cuando el apoyo es más requerido.

Las madres necesitamos apoyo y mucha ayuda emocional. Necesitamos que alguien esté dispuesto no a dar soluciones, sino a escuchar.

Las madres nos frustramos y eso no nos hace malas madres, sólo nos hace humanas.

Las madres nos desesperamos y con eso queda demostrado que somos imperfectas.

Las madres necesitamos que alguien nos escuche sin juzgarnos sobre las incongruencias que experimentamos.

Que podamos descansar de nuestros hijos. ¡Sí! Las madres nos cansamos de los hijos que tanto amamos. Nos saturan los gritos, las incomodidades, los pleitos. Nos hartamos de los cambios interminables de pañales, de los biberones que nunca se acaban de esterilizar, de los juguetes en cada rincón de la casa. Por más coherencia que queramos aparentar, por dentro vamos acumulando todos esos malestares, hasta explotar enloquecidas de agobio.

Nos agobia nunca terminar. Que el tiempo nunca alcance. El café siempre se toma frío y la batida caliente. La casa que antes era fácil de llevar y manejar ahora nos resulta imposible de organizar.

Es ahí cuando se necesita ayuda. Una red de apoyo. Una tribu de aliadas que nos recuerden que esto también pasará.

Una voz experimentada que calmada nos felicite por lo bien que lo estamos haciendo. Que nos tranquilice explicando que son etapas que se superaran.

Otra madre como ella, que se haya enfrentado a esas mismas situaciones, que sin regaños, ofrezca otras técnicas que puedan usarse. Que se apiade de un alma cargada, que abrazándola bien fuerte la acompañe a llorar. Que le permita desahogar su corazón frustrado. Que pueda empezar a entender que no hay sustituto disponible. Que el rol de madre no se acaba jamás; que con el paso de los años los problemas serán otros distintos, que este trayecto acaba de empezar.