Viendo desde afuera

Anastasia Martynova

Lo peor de todo es que asumes tu situación como buena y valida. Que crees que es lo correcto y lo normal.

Lo triste de todo es que finges que eres feliz. Que justificas tu situación, la defiendes, que la asumes como la verdad que te toca vivir.

Lo decepcionante es el talento que pierdes esperando que las circunstancias cambien, pero no haces nada porque eso suceda. Que te adaptas a un estilo de vida decadente donde te sometes a la auto denigración.

Lo sorprendente es lo aferrada que vives a ideales ajenos, en los que no crees, ni ejerces fe; que defiendes una batalla en la que nunca serás vencedora.

Y así te han pasado los días y las semanas al punto de convertirse en meses y años que marcándose en las arrugas de tu rostro te recuerdan el tiempo que llevas sometida a esta situación.

Siempre creí que las cosas cambiarían. Que un día en que el sol brillara más, te darías cuenta de tu error y te encargarías de enmendarlo.

Tenía fe en ti, en tu amor propio, en tu autovalor. Que una noche ya lejos de todo comprenderías el significado de la palabra “libertad”.

Y aún, a pesar del paso de los años, sigo secretamente esperando que las cambien. Sigo teniendo fe en ti.

Toca cambiar

Con el tema de la pandemia me toco quedarme en casa a fin de cuidar a los niños durante 70 días corridos. No bajé siquiera al parqueo.

Cuando finalmente me tocó regresar a trabajar, desconocí el ambiente que me rodeaba.

Mis compañeros de trabajo siempre tan afables y dispuesto a saludarte de manera efusiva con beso y abrazo, ahora se limitan a sonreírte de lejos y responder estoicamente “estamos bien.” Sonrisa esta que vemos atraves de los ojos, pues las mascarillas, que ahora forman parte importante de nuestros vestuarios, ocultan las bocas.

Ya no hay dudas al elegir lápiz labial, ahora la preocupación es saber si la mascarilla resalta el color de mis ojos.

No hace falta gastar altas cantidades de efectivo en perfumes europeos, el alcohol desinfectante se ha convertido en el aroma de temporada.

Y así nos cambió la vida el COVID-19. Esa pandemia de coronavirus que llegó a finales del año pasado y con fuertes planes de quedarse con nosotros tal como una gripe cualquiera. Y lo está logrando.

El COVID-19 ha paralizado el mundo. Hizo que todo el mundo se quedara en casa. No encarcelados, sino resguardados. No encerrados ni aislados, sino enfocados en nuestra salud y en la de los nuestros.

En pleno siglo XXI nos tocó aprender a lavarnos las manos, descubrimos nuevas maneras de saludarnos sin tener contacto, entendemos y practicamos el distanciamiento físico.

Y aquellos que somos tan expresivos, regresamos a las cartas para poder decir te amo con todas sus letras, visitamos a nuestros seres queridos mediante videollamadas, empleamos el teletrabajo mientras intentamos sobrevivir a los quehaceres del hogar.

El mundo ha cambiado y ahora nos toca a nosotros adaptarnos. Tal como tanto postuló Charles Darwin con su teoría de la adaptación: “los ejemplares más fuertes y más capaces de adaptarse al medio son los que sobreviven”.

Es sencillo, nos toca adaptarnos para poder sobrevivir.

Idealizar

Durante los primeros años de casada, una compañera de trabajo solía decirme que no estaba enamorada. No diré que me sentía acosada, pero digamos que era muy insistente en su comentario. Yo me limitaba a sonreirle, nunca sentí la necesidad de responder dándole explicaciones o justificaciones.

Pero en mis adentros sabía lo que sentía por mi matrimonio. De manera precisa e igualitaria a lo que siento por mis hijos.

Y es que esperaba que debía destilar aroma a rosas al caminar, que un halo de luz rodeada mi cabeza y que mi voz al hablar entonara armónicas melodías. Ahí fue donde estuvo su error, que haya sido su caso (que no se si fue así) no me obliga bajo ningún concepto a que me tocara replicarla.

El amor es una palabra universal que se manifiesta de demasiadas maneras. Al punto tal de que cada persona lo manifiesta de manera distinta.

Se que los amo. Los amo a los tres. Y mis demostraciones de afecto, de cariño se las debo a ellos, no al público.

El mundo no sabe que despierto a mis hijos llenándolos de besos y cantándoles las canciones que prefieren. El público no es testigo de que todas las noches lleno de besos a mi esposo justo antes de que duerma. Ni que él al despertar instintivamente me busca en la cama, entre las sábanas para abrazarme y desearme buenos días.

Ahí radica el problema de idealizar. Nos enfocamos tanto en como creemos que deberían ser las cosas, que dejamos de ser dignos de saber como realmente ocurren.