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Quien cree que al iniciar su matrimonio tiene todas las bases cubiertas, que equivocado esta.

Al igual que en otras dispares situaciones los comienzos  no nos presentan ambas caras de la moneda. La novedad hará que todos actuemos de manera mas afable que de costumbre, que seamos más condescendientes con quienes nos rodean.

Pero el tiempo de manera indiferente continuara su ritmo al andar y hará que nos acostumbremos a esa presencia en nuestras vidas, la misma que antes nos inquietaba por ser reciente y que ahora asimilamos como un mueble mas en el hogar. Es entonces cuando volveremos a nuestras rutinas habituales.

No tendremos reparos al enojarnos, sin importarnos quien lo haya hecho. Nos ausentaremos de la presencia de los demás para encerrarnos en nuestras cuevas, olvidándonos de las buenas costumbres y de la cortesía. Así empieza la verdadera convivencia. Y aunque seamos entonces más sinceros y reales, no le hacemos la estancia más fácil a quien nos acompaña.

Ese ser humano se sentirá extraño a nuestro alrededor, teniendo ante si solo dos opciones viables, o se aísla a si mismo buscando en que entretenerse o se ajusta a los cánones que les estamos imponiendo.

Lo que sucede afuera

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Desde que te despiertas sólo te empapas de malas noticias… Que si se termina el mundo dicen los mayas, que la bolsa de Wall Street, que el terrorismo, que Pakistán, que los costos del petroleo, que el monto del dolar, que el terrorismo, que los secuestros, que la reforma fiscal, que no se encuentra la cura del SIDA, que las diferentes formas del cáncer se fortalecen, que otro banco que va a la quiebra, que otro artista encarcelado por violencia familiar, que las mujeres muertas de Juárez, que otro banquero queda encarcelado por fraude… ufff… Es imposible no vivir al tanto de todo lo que sucede fuera.

Tanto que por momentos requieres de tiempo para respirar y pedirle al reloj que se detenga, que los noticiarios se queden sin imágenes y los locutores pierdan la voz.

Es tanto el ruido exterior que te envuelve en el torbellino de la rutina que ya luego no puedes salir. Y no puedes salir, no porque no quieras, sino simplemente porque no te das cuenta de lo que ha pasado con tu vida. Siempre el mismo ciclo, sin ninguna variación, ni modificación.

Sin darte cuenta te conviertes en un autómata de carne y hueso, sin tornillos, ni metal, te auto-programas a cumplir las expectativas de la sociedad, los horarios de los jefes. Así te vas olvidando de vivir.

Olvidas lo divertido que es jugar bajo la lluvia por miedo a una gripe.

Olvidas lo relajante que es dormir hasta tarde por todas las cosas que tienes pendientes.

Olvidas el sabor algodón dulce y las rosetas de maíz  porque te suben el colesterol y el azúcar.

Olvidas de tirarte en el suelo a jugar con tus niños, porque terminas con dolor en las rodillas y la cadera.

Hasta olvidas los beneficios de sonreír… eso tan sencillo que todos aprendimos siendo apenas niños.

Y te empeñas tanto en darle todos los gustos y placeres a tus retoños, los mismos que no tuviste tú. Siempre buscando mejorar su calidad de vida. Mientras la tuya decae.

Aún así por momentos buscas mantener tu estabilidad emocional y a pesar de los golpes de la vida luchas por mantenerte en pie.

S & E