Enfocarse en otros

to-give

El altruismo ayuda. Es cierto. Lo admito y me toca confesarlo.

Enfocarse en los problemas de los demás ayuda ante el malestar anímico. Que no se confundan mis palabras. No hablo de hacer preguntas incomodas o de lanzar un cuestionamiento de 50 preguntas intimas, que solo por morbo interesarían saber.

Solo hablo de irte al parque y jugar en los columpios con los niños. De pelarte las rodillas mientras intentar enseñar a tu primo adolescente a montar patines. Echarle de comer a las palomas. Ofrecerte a organizar los antiguos LP’s de tu tía solterona. Involucrarte en las actividades de la confesión religiosa de tu preferencia. Cualquier cosa es válida, con tal de no quedarte a solas y en silencio contigo misma. Cualquier excusa para no pensar, vale la pena.

Además así cumplirás una doble función, bajo el quehacer cristiano. “Hay más felicidad en dar, que en recibir”, dice Hechos 20:35.

Creo que aquí el enfoque es el desprendimiento, ya sea físico o espiritual. Es dejar ese afán de tener y poseer… y simplemente dar, desinteresadamente a otros.

Extraños

Mujer parque

Llegar a ese parque no fue intencional. Las múltiples diligencias de su boda lo hicieron llegar hasta ahí. Lo cruzaba para acortar distancias.

Era imposible no fijarse, destacaba. La identificó por su postura, tenía un café en una mano mientras que en la otra un libro le cubría el rostro. Fue instintivo, se sentó a su lado mientras le preguntaba: “¿Qué lees?”.

El corazón de ella se congeló al escuchar esa voz. La identificó. Ya el aroma de su perfume le había dado la alarma.

– Hola – le respondió.

Él repitió su pregunta: “¿Qué lees?”

– Sólo retomo uno de los clásicos de mi autor colombiano.

– ¿Qué raro que estés repitiendo?

– Es que la literatura actual carece de la calidad de antaño.

El silencio se sentó en medio de los dos. Los ojos de él se fijaban en lo cambiada que estaba. Hacía unos cuatro años desde su despedida. Llevaba su pelo oscurecido y encima de sus hombros. Sus lentes la hacían ver tan intelectual, como el día en se habían conocido en la secundaria. Su nuevo estado le denotaba el grado de madurez adquirido.

– Te ves hermosa embarazada, tan hermosa como siempre te imaginé.

– ¡Gracias!– atinó a decir.

– ¿Sabes el sexo?

– Es niña.

– Se ha cumplido tu anhelo.

– ¿Andas de compras? – le dijo al fijarse en las bolsas que le acompañaban.

– Artículos y detalles para la boda. Finalmente me caso.

– ¿Cuándo? – preguntó ella.

– Dentro de seis meses.

– Felicidades… creo.

– Gracias, – le dijo suspirando mientras miraba el cielo gris – Me toca a mí casarme.

– Te irá bien. Te conozco.

– Me voy. Tengo que reunirme con ella.

– Gracias por detenerte. Es bueno reencontrarse con los viejos amigos.

– ¿Sólo viejos amigos?

– Fue bueno encontrarte. Punto.

Él se levantó de la banca. Le besó la mejilla y siguió su camino. Ella dejó salir un disimulado suspiro, tratando de eliminar el estrés que le había causado ese encuentro.

A cierta distancia, él miró hacia atrás, quería volver a verla. Había cambiado sus voluminosos clásicos por un moderno lector digital, pero seguía siendo la misma chiquilla de quien se había enamorado 15 años atrás.

Ella no logró concentrarse para seguir leyendo. Cerró el lector y se refugió en los recuerdos que se habían despertado.

Él siguió su camino. Ella continuó esperando al padre de su criatura. Y así regresaron a sus respectivas vidas, volviendo a ser dos extraños con recuerdos en común.