Bésame y dime adiós

Bésame y dime adiós. Sin el protocolo que demanda la situación. Sin las promesas triviales de que nunca te olvidaré y fuiste lo mejor que he tenido en mi vida. Solo bésame y dime adiós.

Bésame y dime adiós. Sin exigencias por lo que pudo ser, por lo que nos prometimos y nunca cumplimos. Sin reproches por los pecados del pasado, ni el anhelo de que pudimos ser mejores.

Bésame y dime adiós. Sin canciones de despedidas ni poemas inspirados en la luna.

Bésame y dime adiós. Sin despedidas traumáticas en la sala de espera de un aeropuerto mientras mi silueta se pierde en el atardecer agitando tu pañuelo.

Bésame y dime adiós. Sin tener que separarnos ante un juez y mediante estirados abogados que nada tienen que ver con nuestra historia.

Bésame y dime adiós. Sin terceras personas que contaminen el momento, ni triángulos dolorosos.

Bésame y dime adiós. Sin largas cartas donde se haga un recuento de cada instante maravilloso que pasamos juntos.

Bésame y dime adiós. Sin humillaciones, ni faltas de respeto. Sin odios recién descubiertos, ni agravios intencionados y planificados.

Bésame y dime adiós. Sin una doble vida por ostentar otro amor, sin mensajes de textos en medio de la noche, sin salidas secretas a lugares nunca mencionados, amparados en excusas que nunca existieron.

Bésame y dime adiós. Sin una cita en el mismo restaurante donde cenamos por primera vez, donde los nervios te hicieron manchar mi vestido con vino, donde conectar fue tan sencillo y divertido.

Bésame y dime adiós. Sin una noche, ni una última vez, sin acariciar mi pelo, ni rozarme el cuello, sin apretar tu cuerpo contra el mío en un interminable abrazo.

Solo bésame, dime adiós y déjame ir.

Idealizar

Durante los primeros años de casada, una compañera de trabajo solía decirme que no estaba enamorada. No diré que me sentía acosada, pero digamos que era muy insistente en su comentario. Yo me limitaba a sonreirle, nunca sentí la necesidad de responder dándole explicaciones o justificaciones.

Pero en mis adentros sabía lo que sentía por mi matrimonio. De manera precisa e igualitaria a lo que siento por mis hijos.

Y es que esperaba que debía destilar aroma a rosas al caminar, que un halo de luz rodeada mi cabeza y que mi voz al hablar entonara armónicas melodías. Ahí fue donde estuvo su error, que haya sido su caso (que no se si fue así) no me obliga bajo ningún concepto a que me tocara replicarla.

El amor es una palabra universal que se manifiesta de demasiadas maneras. Al punto tal de que cada persona lo manifiesta de manera distinta.

Se que los amo. Los amo a los tres. Y mis demostraciones de afecto, de cariño se las debo a ellos, no al público.

El mundo no sabe que despierto a mis hijos llenándolos de besos y cantándoles las canciones que prefieren. El público no es testigo de que todas las noches lleno de besos a mi esposo justo antes de que duerma. Ni que él al despertar instintivamente me busca en la cama, entre las sábanas para abrazarme y desearme buenos días.

Ahí radica el problema de idealizar. Nos enfocamos tanto en como creemos que deberían ser las cosas, que dejamos de ser dignos de saber como realmente ocurren.