Bésame y dime adiós

Bésame y dime adiós. Sin el protocolo que demanda la situación. Sin las promesas triviales de que nunca te olvidaré y fuiste lo mejor que he tenido en mi vida. Solo bésame y dime adiós.

Bésame y dime adiós. Sin exigencias por lo que pudo ser, por lo que nos prometimos y nunca cumplimos. Sin reproches por los pecados del pasado, ni el anhelo de que pudimos ser mejores.

Bésame y dime adiós. Sin canciones de despedidas ni poemas inspirados en la luna.

Bésame y dime adiós. Sin despedidas traumáticas en la sala de espera de un aeropuerto mientras mi silueta se pierde en el atardecer agitando tu pañuelo.

Bésame y dime adiós. Sin tener que separarnos ante un juez y mediante estirados abogados que nada tienen que ver con nuestra historia.

Bésame y dime adiós. Sin terceras personas que contaminen el momento, ni triángulos dolorosos.

Bésame y dime adiós. Sin largas cartas donde se haga un recuento de cada instante maravilloso que pasamos juntos.

Bésame y dime adiós. Sin humillaciones, ni faltas de respeto. Sin odios recién descubiertos, ni agravios intencionados y planificados.

Bésame y dime adiós. Sin una doble vida por ostentar otro amor, sin mensajes de textos en medio de la noche, sin salidas secretas a lugares nunca mencionados, amparados en excusas que nunca existieron.

Bésame y dime adiós. Sin una cita en el mismo restaurante donde cenamos por primera vez, donde los nervios te hicieron manchar mi vestido con vino, donde conectar fue tan sencillo y divertido.

Bésame y dime adiós. Sin una noche, ni una última vez, sin acariciar mi pelo, ni rozarme el cuello, sin apretar tu cuerpo contra el mío en un interminable abrazo.

Solo bésame, dime adiós y déjame ir.

El regreso

melancolia

Regresar hizo que sentimientos de agonía y congoja cubrieran mi corazón llenándolo de recuerdos.

Aquella vez fue para decirte adiós, regreso después de más de dos años, y todo duele como aquella vez.

Esta vez tuve el valor de acudir a tu hogar. El lugar aún tiene tu olor y tu esencia. Todo me recuerda a ti.

Sigue siendo igual de doloroso descubrirte en cada esquina sabiendo que no estás… y que ya no estarás. ¿Qué puedo decirte para que dejes de doler?

En un acto enteramente masoquista, he aquí la canción con la que te despedí el 31 de diciembre de ese año.

Te extrañamos mucho.

Por circunstancias que no controlamos, regresé también al lugar donde se realizo tu acto de despedida. También ese rectángulo de cemento cerró mi garganta haciendo un nudo en mi estomago. Recordarte en ese día resulta doloroso.