Confesiones de una Compradora Compulsiva

shopaholic, cpmpradora, compulsiva, peliculaMientras el velo de la apatía emocional me afectó, me aferre al servicio “Netflix” para hacer algo útil y deja dejar de sentir que pierdo absurdamente el tiempo.

Buscando algo ligero que no exija pensamientos analíticos alguno, me dispongo a ver la película “Confesssions of a Shopaholic” que protagoniza Isla Fisher y Hugh Dancy.

Resultó ideal precisamente para eso. Reír un rato, escaparme de la realidad y distraerme.

Catalogada como una comedia romántica, es una de las pocas por no decir la única, donde se auxilian de escenas de cama para contar la historia.

Solo dos tímidos besos, aparecen durante los 104 minutos que dura. Los necesarios para armar la historia.

Me gusta. No creo que ganara un Oscar, pero resultó eficaz para sobrellevar la situación que me tocaba.

Lo que sucede afuera

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Desde que te despiertas sólo te empapas de malas noticias… Que si se termina el mundo dicen los mayas, que la bolsa de Wall Street, que el terrorismo, que Pakistán, que los costos del petroleo, que el monto del dolar, que el terrorismo, que los secuestros, que la reforma fiscal, que no se encuentra la cura del SIDA, que las diferentes formas del cáncer se fortalecen, que otro banco que va a la quiebra, que otro artista encarcelado por violencia familiar, que las mujeres muertas de Juárez, que otro banquero queda encarcelado por fraude… ufff… Es imposible no vivir al tanto de todo lo que sucede fuera.

Tanto que por momentos requieres de tiempo para respirar y pedirle al reloj que se detenga, que los noticiarios se queden sin imágenes y los locutores pierdan la voz.

Es tanto el ruido exterior que te envuelve en el torbellino de la rutina que ya luego no puedes salir. Y no puedes salir, no porque no quieras, sino simplemente porque no te das cuenta de lo que ha pasado con tu vida. Siempre el mismo ciclo, sin ninguna variación, ni modificación.

Sin darte cuenta te conviertes en un autómata de carne y hueso, sin tornillos, ni metal, te auto-programas a cumplir las expectativas de la sociedad, los horarios de los jefes. Así te vas olvidando de vivir.

Olvidas lo divertido que es jugar bajo la lluvia por miedo a una gripe.

Olvidas lo relajante que es dormir hasta tarde por todas las cosas que tienes pendientes.

Olvidas el sabor algodón dulce y las rosetas de maíz  porque te suben el colesterol y el azúcar.

Olvidas de tirarte en el suelo a jugar con tus niños, porque terminas con dolor en las rodillas y la cadera.

Hasta olvidas los beneficios de sonreír… eso tan sencillo que todos aprendimos siendo apenas niños.

Y te empeñas tanto en darle todos los gustos y placeres a tus retoños, los mismos que no tuviste tú. Siempre buscando mejorar su calidad de vida. Mientras la tuya decae.

Aún así por momentos buscas mantener tu estabilidad emocional y a pesar de los golpes de la vida luchas por mantenerte en pie.

S & E