Desahogo

Sin título

Las heridas de mi alma son diferentes a las tuyas. Tu madurez se refleja en algunos aspectos de tu vida. La mía en otros muy diferentes.

Sobre la vida de pareja, ahí es donde se encuentran mis cicatrices más difíciles. Esas que se quedan por siempre, las que un día cualquiera en tu diario afanar escuchas una canción y te sientes nostálgica sin saber porqué. Cuando viendo las gotas de agua chocar contra el cristal de la ventana, recuerdas algún momento del ayer en que estuviste con él cuando también llovía.

Hay cosas que sólo se entienden cuando se viven.

La traición es fea, te deja un amargo sabor en la garganta. Todo el mal que haces a sabiendas se paga, no en el infierno creado, se paga aquí mismo, en la vida que estamos viviendo actualmente.

Se supone que debía estar preparada para que eso pasara, pero a lo mejor mis deseos de pensar que todo iría a estar bien no me dejaron ver la tormenta que se me avecinaba.

Resultó ser “un amigo de tiempo completo y un amante sólo de medio tiempo.”

Me declaro incapaz de mirarme a los ojos. Me averguenzo a mi misma. No soy capaz de perdonarme mi falta.

¿Qué enseña toda la situación?

Que no encajo en esta sociedad, que mi mayor virtud es siempre cuidar los sentimientos de los demás, aunque nunca sepan cuidar los míos, que mi sinceridad me abrirá infinitos caminos y de la misma manera me cerrará muchas puertas. No encajo porque soy de las que piden disculpas, de las que aún se avergüenzan, de las que siempre están dispuestas a ayudar, sin importar que tanto me hayan herido la persona en cuestión.

Toda esta situación me demostró que no perdía de nada bueno cuando me quejaba de vivir encerrada en mi jaula de oro… por momentos desearía no haber salido nunca.

Diferencias al acudir por la belleza

Wall-Decal-Salon-Poster-Beauty-Salon-Hairdresser-Manicure-Nail-Fashion-Stickers-Decor-Wall-Salon-Stickers-Window.jpg_220x2200.1_0.06_0_0.04_302_302_library_67414

Como madre de un niño me toca involucrarme en cosas de hombres. En situaciones que normalmente le corresponden a mi esposo, pero como defensora incorregible de la practicidad, me toca hacer cosas de chicos.

Acompañando a mis galanes a sus citas de mantenimiento, dígase ir con ellos a la barbería a recortarse, descubrí algunas diferencias en los comportamientos de ambos géneros en estos lugares de cuidado personal.

Queramos admitirlo o no las mujeres acudimos a los salones de belleza olvidando los relojes en la casa, y con el pensamiento bien claro que deberán pasar al menos cuatro horas para regresar. (Este último mandamiento no se cumple si tomamos la hora del almuerzo para asistir y evitar más miradas de desagrado de nuestro jefe y compañeros de trabajo al vernos el look de playa con que llegamos el lunes a nuestras oficinas).

Los hombres, si quiera pasan de la puerta al ver dos caballeros esperando turno. Prefieren irse y regresar cuando puedan encontrar el lugar especialmente dedicado para ellos, dígase vacio.

Las mujeres al llegar al salón en horas de la mañana, suelen hacerlo al menos con un sobre de café en las manos. Inmediatamente llegan llaman al delivery a pedir galletas o panes para acompañar. Situación que se repite, de acuerdo a la hora del día. Si es hora del almuerzo, mueven el vehículo con tal de ir a comprar un pica pollo chino, con su respectivo litro de gaseosa. Al caer la noche, específicamente si es fin de semana, prefieren de las verdes vestidas de novia. Aclárese que no necesariamente deben estar las mismas damas en busca de beldad durante los tres momentos.

Los hombres comen antes o después. Nunca en el lugar en sí. Podrían acceder a las cervezas si es fin de semana y si el ambiente lo requiera. De lo contrario, saliva, no más.

Las mujeres solemos integrarnos en el salón. Las que llegan temprano organizan sillones, roleras, cepillos, etc. Si el piso se llena de cabello por los recortes saben exactamente dónde buscar la escoba para que el piso se mantenga limpio. Situación que se repite con las chicas que están cuando el salón cierra. Todo en pos de cumplir con nuestro deleite de ayudar al prójimo. En este caso sería por el marcado interés de tener la buena voluntad de nuestra amada estilista y evitar accidentes desagradables en nuestras cabelleras.

Los hombres no se preocupan por el cabello en sus pies. Ni siquiera cuando tiene que luchar con los cables de los aparatos para lograr desenredarlos de las montañas de cabellos que los arropan.

Los salones de belleza son lugares de desahogo de las mujeres.  Acuden a hablar, a quejarse, a dar y recibir consejos. La música apenas perceptible, normalmente solo sirve para evitar que terceros intrusos logren descifrar los temas que se debaten. Estos se vuelven generales. Todas son bien recibidas a comentar, a participar, a opinar. A final de cuentas es consenso general lo que se busca. “Voz de pueblo, voz de Dios”. “En la multitud de consejeros, hay sabiduría”.

Por momentos, pensé que los hombres tenían un vocabulario limitado. La manera en que cuidan las palabras usándolas cuando eran estrictamente requeridas, me hacia entender que no eran muy necesarias. Los gestos bastaban… y se entendían a la perfección. Hasta llegué a contar el tiempo y duraron una hora y 10 minutos donde apenas 20 frases intercambiaron. Confieso que no me volví loca por estar entretenida analizándolos y escribiendo estas líneas.

Este fue mi análisis al asistir como invitada muda en un ambiente donde rebosaba la testosterona. Ya veremos que nuevas experiencias me esperan al ser mujer en un mundo de hombres.