¿Cactus o rosas?

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«Un hombre preguntó a un sabio si debía quedarse con su esposa o su amante. El sabio tomó dos flores en su mano: una rosa y un cactus, y le preguntó al hombre:

– Si yo te doy a escoger una flor, ¿cuál eliges?

El hombre sonrió y dijo: ¡La rosa es lógico!

Ante esto el sabio respondió:

A veces los hombres se dejan llevar por la belleza externa o lo mundano y eligen lo que brille más, lo que valga más. Pero en esos placeres no está el amor. Yo me quedaría con el cactus porque la rosa se marchita y muere. El cactus en cambio sin importar el tiempo o el clima seguirá igual, verde con sus espinas. Y un día dará la flor más hermosa que jamás hayas visto. Tu mujer conoce tus defectos, tus debilidades, tus errores, tus gritos, tus malos ratos y aún así está contigo. Tu amante conoce tu dinero, tus lujos, los espacios de felicidad y tu sonrisa, por eso esta contigo. Ahora dime hombre… ¿Con quien te quedarás?

Reciprocidad

Son muchos los «consejos» que últimamente he encontrado en mi camino. Todos a mi alrededor asumen que algo deben decirme, algo que me ayudara con el nuevo proyecto que inicio.

Dentro de las disimiles cosas que hablan, hay una que me ha hecho pensar.

Debes disponer de las cosas que él requiere. Satisfacer sus necesidades aún antes de que te lo solicite”. Eso para mi resultó demasiado. Desde entonces solo pienso en la dimensión de esas palabras. Ser sumisa, atenta y detallista… igualito que las abuelas de antaño.

Las que solían desvivirse por sus esposos, porque ese era el ideal. Las amas de casas con perfectas casitas blancas, que sin ayuda en el hogar al medio día esperaban al esposo y a los hijos con un variado almuerzo en la mesa. Impecablemente vestidas.

Esas cuya mayor euforia era tener lavadoras y secadoras grandes y blancas.

Ese método de convivencia de pareja ya no existe. Eso quedó obsoleto. No es que las mujeres no asumamos nuestras responsabilidades. Es solo que la carga ahora es compartida.

¿Antes no existía la reciprocidad?

En los consejos actuales nadie ha especificado las cosas que debo esperar a cambio. ¿Dónde queda la satisfacción de sentirse agasajada también?

¿Es esto solo dar?