Desahogo

Sin título

Las heridas de mi alma son diferentes a las tuyas. Tu madurez se refleja en algunos aspectos de tu vida. La mía en otros muy diferentes.

Sobre la vida de pareja, ahí es donde se encuentran mis cicatrices más difíciles. Esas que se quedan por siempre, las que un día cualquiera en tu diario afanar escuchas una canción y te sientes nostálgica sin saber porqué. Cuando viendo las gotas de agua chocar contra el cristal de la ventana, recuerdas algún momento del ayer en que estuviste con él cuando también llovía.

Hay cosas que sólo se entienden cuando se viven.

La traición es fea, te deja un amargo sabor en la garganta. Todo el mal que haces a sabiendas se paga, no en el infierno creado, se paga aquí mismo, en la vida que estamos viviendo actualmente.

Se supone que debía estar preparada para que eso pasara, pero a lo mejor mis deseos de pensar que todo iría a estar bien no me dejaron ver la tormenta que se me avecinaba.

Resultó ser “un amigo de tiempo completo y un amante sólo de medio tiempo.”

Me declaro incapaz de mirarme a los ojos. Me averguenzo a mi misma. No soy capaz de perdonarme mi falta.

¿Qué enseña toda la situación?

Que no encajo en esta sociedad, que mi mayor virtud es siempre cuidar los sentimientos de los demás, aunque nunca sepan cuidar los míos, que mi sinceridad me abrirá infinitos caminos y de la misma manera me cerrará muchas puertas. No encajo porque soy de las que piden disculpas, de las que aún se avergüenzan, de las que siempre están dispuestas a ayudar, sin importar que tanto me hayan herido la persona en cuestión.

Toda esta situación me demostró que no perdía de nada bueno cuando me quejaba de vivir encerrada en mi jaula de oro… por momentos desearía no haber salido nunca.

¿Será demasiada importancia?

Los seres humanos pasamos mucho, realmente demasiado tiempo, esperando que los demás actúen acorde de nuestras expectativas… talvez no de nuestras expectativas, pero si en respuesta de nuestro comportamiento con ellos. Y esto no es más que una prueba perceptible pero pocas veces aceptadas de nuestra dependencia social de otros.

Todos dependemos. Queramos admitirlo o no. Esperamos que el vecino nos responda los buenos días; que el niño que encontramos en el bus, nos devuelva la sonrisa; que nuestro superior laboral nos felicite por el empeño que mostramos en cumplir con nuestras obligaciones; que nuestra pareja admita lo bien que nos viene el cambio de color o el corte en el pelo; que nuestras amigas, esas que se mostraron reacias a nuestra relación, se declaren en derrota ante lo divino que terminó siendo el espécimen.

Cuando no recibimos lo que creemos justo, lo que consideramos que nos hemos ganado, entonces nos duele. Y nos duele al punto de considerarnos traicionados… vilmente engañados. Es entonces donde nos vamos llenando de resentimientos, sinsabores, ira, decepción.

Es entonces cuando nos detenemos un segundo y nos llenamos de preguntas. Preguntas cuyas respuestas tienen a destruirnos aún más el ánimo.

¿Quién me dijo a mi, que esa “X” persona debía sentir por mi el mismo respeto que sentía yo?

 

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Pero siendo realistas ¿quién me mandó a mi a esperar algo de ellos? Cada quien tiene el derecho de sentir y actuar como mejor le parezca. Todos tenemos el mismo derecho.

Debemos aceptarlo y seguir nuestro andar, dando amor sin esperar a cambio. Así no nos decepcionaremos y lo que encontremos será sencillamente ganancia.

Posdata: Al releer este último párrafo, me pareció conocido, si acaso repito esta historia en algún post predecesor, favor disculparme. Al parecer hay heridas que no se sanan con un solo post.