Toca cambiar

Con el tema de la pandemia me toco quedarme en casa a fin de cuidar a los niños durante 70 días corridos. No bajé siquiera al parqueo.

Cuando finalmente me tocó regresar a trabajar, desconocí el ambiente que me rodeaba.

Mis compañeros de trabajo siempre tan afables y dispuesto a saludarte de manera efusiva con beso y abrazo, ahora se limitan a sonreírte de lejos y responder estoicamente “estamos bien.” Sonrisa esta que vemos atraves de los ojos, pues las mascarillas, que ahora forman parte importante de nuestros vestuarios, ocultan las bocas.

Ya no hay dudas al elegir lápiz labial, ahora la preocupación es saber si la mascarilla resalta el color de mis ojos.

No hace falta gastar altas cantidades de efectivo en perfumes europeos, el alcohol desinfectante se ha convertido en el aroma de temporada.

Y así nos cambió la vida el COVID-19. Esa pandemia de coronavirus que llegó a finales del año pasado y con fuertes planes de quedarse con nosotros tal como una gripe cualquiera. Y lo está logrando.

El COVID-19 ha paralizado el mundo. Hizo que todo el mundo se quedara en casa. No encarcelados, sino resguardados. No encerrados ni aislados, sino enfocados en nuestra salud y en la de los nuestros.

En pleno siglo XXI nos tocó aprender a lavarnos las manos, descubrimos nuevas maneras de saludarnos sin tener contacto, entendemos y practicamos el distanciamiento físico.

Y aquellos que somos tan expresivos, regresamos a las cartas para poder decir te amo con todas sus letras, visitamos a nuestros seres queridos mediante videollamadas, empleamos el teletrabajo mientras intentamos sobrevivir a los quehaceres del hogar.

El mundo ha cambiado y ahora nos toca a nosotros adaptarnos. Tal como tanto postuló Charles Darwin con su teoría de la adaptación: “los ejemplares más fuertes y más capaces de adaptarse al medio son los que sobreviven”.

Es sencillo, nos toca adaptarnos para poder sobrevivir.

Reír para no llorar

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El día no fue de todo bueno. Cosas muy sencillas se complicaron en demasía.

Una alarma que no suena a la hora esperada. El café que se quema y cambia su sabor. Diez minutos para salir tan solo de la zona residencial y terminar engullida por la terrible vorágine del transito matutino.

Llegar a la oficina siendo victima de la furia enardecida de Cronos y los pendientes acumulándose, esperando por ti.

El ambiente se mantiene tan denso que puede cortarse. Eso no ayuda a que las cosas fluyan, finalmente te resignas y aceptas el café que te pasa tu compañera. Así logras distraerte contándole tu desafortunada jornada.

Ella también tiene complicaciones de las cuales te relata. No tan sencillas como las tuyas, sino realmente preocupantes. La diferencia es clara. Si no la externa no hay manera de darse cuenta de sus profundos penares y pesares. 

No te contienes y la cuestionas: “¿Cómo logras hacerlo? ¿Cómo logras mantenerte ecuámine, a pesar de todo?.

Su respuesta fue certera: “Rio para no llorar”.