No es que mientas, es solo que no a todos les das la verdad absoluta de las cosas que ocurren. A los curiosos no tan cercanos le generalizas con un “todo bien”.  A quien tiene la confianza requerida, no le titubeas, hablas con pelos y señales y sobre todo con la veracidad característica de los amigos.

Una amiga me hablaba de la maternidad con un fervor que no es propio para quien no ha tenido hijos aún. Me hablaba por referencia de damas del lugar donde trabaja, por como ellas comentaban sobre su experiencia. Cuando me preguntó mi situación en particular; no le mentí. Le dije:Mother kissing newborn

La maternidad es un asunto de soledad. El apoyo de tus cercanos es transitorio y muchas veces tan cuesta arriba qué prefieres que nunca lleguen a tu hogar. Las llamadas generalmente resultan muy imprudentes.

Agradeces que te tengan pendiente, pero interrumpen tus momentos con el recién nacido o peor aún te impiden dormir las únicas dos horas que lo harás ese día completo.

Durante mis meses de licencia post natal me molestó mucho la falta de conocimiento. Nadie me enseñó a cargar a mi bebé, ni como amamantarlo. Trataron de mostrarme como bañarlo dos días antes de regresar a mi hogar.

Contradictoriamente sobre las cosas que no esperaba fue que me aconsejaron. Que cubrirlo en día entero con enterizos completos en un país tan tropical como el mío y en una casa tan caliente como la mía. Que no le cogiera en mis brazos para amarlo, que así lo malcriaría. Los consejos están bien cuando los busco por curiosidad y con anhelo de conocimiento.

Lo que en verdad necesitaba era tiempo para descansar. Necesitaba dormir. Necesitaba darme un largo baño que incluyera lavarme la cabeza. Necesitaba no sentir el polvo de la calle en mis pies al caminar descalza en mi hogar. Necesitaba mirar mi cocina y verla limpia con todo en su lugar. Necesitaba no tener que cocinar para alimentarme. Necesitaba que mis visitas fueran de apoyo a mi nuevo estatus. Que me quitaran la carga, no que me agregaran más.

Así, con mi primer hijo en brazos, entendí que el deseo de todas mis contemporáneas para que hiciera crecer mi familia, era solo un anhelo egoísta de ver a otros padecer los males propios. De que me uniera a las mujeres que por ser madres verdaderas pierden mucho de su esencia independiente y autónoma.

Mi amiga se quedó callada. No encontró que responderme, pues sabía con seguridad a qué grupo pertenecía.

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