Los seres humanos pasamos mucho, realmente demasiado tiempo, esperando que los demás actúen acorde de nuestras expectativas… talvez no de nuestras expectativas, pero si en respuesta de nuestro comportamiento con ellos. Y esto no es más que una prueba perceptible pero pocas veces aceptadas de nuestra dependencia social de otros.

Todos dependemos. Queramos admitirlo o no. Esperamos que el vecino nos responda los buenos días; que el niño que encontramos en el bus, nos devuelva la sonrisa; que nuestro superior laboral nos felicite por el empeño que mostramos en cumplir con nuestras obligaciones; que nuestra pareja admita lo bien que nos viene el cambio de color o el corte en el pelo; que nuestras amigas, esas que se mostraron reacias a nuestra relación, se declaren en derrota ante lo divino que terminó siendo el espécimen.

Cuando no recibimos lo que creemos justo, lo que consideramos que nos hemos ganado, entonces nos duele. Y nos duele al punto de considerarnos traicionados… vilmente engañados. Es entonces donde nos vamos llenando de resentimientos, sinsabores, ira, decepción.

Es entonces cuando nos detenemos un segundo y nos llenamos de preguntas. Preguntas cuyas respuestas tienen a destruirnos aún más el ánimo.

¿Quién me dijo a mi, que esa “X” persona debía sentir por mi el mismo respeto que sentía yo?

 

image

Pero siendo realistas ¿quién me mandó a mi a esperar algo de ellos? Cada quien tiene el derecho de sentir y actuar como mejor le parezca. Todos tenemos el mismo derecho.

Debemos aceptarlo y seguir nuestro andar, dando amor sin esperar a cambio. Así no nos decepcionaremos y lo que encontremos será sencillamente ganancia.

Posdata: Al releer este último párrafo, me pareció conocido, si acaso repito esta historia en algún post predecesor, favor disculparme. Al parecer hay heridas que no se sanan con un solo post.

Anuncios