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Y después de un largo día de mil “responsabilidades” que cumplir, donde todos los pendientes eran urgentes, donde cada asignación era esperada por alguien, llega la desesperación.

Ese anhelo intrínseco de llegar a casa, quitarte la ropa de trabajo, y solo descansar. Recurrir a lavar el cuerpo del estrés laboral y del cansancio mental. Pero entonces al sentirte ligera es cuando te das cuenta que hay algo más.

Debajo de las capas de tela del caluroso uniforme de oficina, la tristeza ha hecho un nido. Simplemente estás llenas de nostalgia y melancolía. Y no sabes porqué.

No queda ánimo siquiera para decir que no. Dedicar tiempo a cuidar de ti, se va a un quinto lugar en la lista de prioridades.

A veces, para esconder del mundo tu “debilidad”, te sacudes las penas y te encierras en las responsabilidades que te esperan en el hogar. Así entre platos que lavar, ropa que organizar, comida que preparar, pisos que limpiar… escondes el malestar animico que te afecta.

El detalle es que no es una solución permanente. Ni resolverá la situación ni impedirá que vuelva a ocurrir. Es sólo una vía de escape.

Y lo sabes.

Sólo que te auxilias de ella hasta que llegue el momento en que todo el castillo de naipes caiga. En que guardes tanta presión dentro de ti y explotes como un globo al posarse en un cactus.

Esperas que cuando ese momento se marque en el reloj, estés lo suficientemente sola como para que nadie se percate de que eres humana… De carne y hueso e imperfecta.

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