Y mientras planificas tu vida, el tiempo pasa. Tan sencillo cómo el ciclo de la vida que nos solían enseñar en la primaria: “nacer, crecer, reproducirse y morir”.

Vivimos esperando el momento de ser felices. De cumplir todas las metas, los sueños, las aspiraciones y deseos. A veces trabajando día y noche en busca del éxito esperado. En otros cosas sin siquiera haber hecho el más mínimo esfuerzo por ello.

Te empeña, postergas vacaciones y descansos sólo porque todo es urgente, porque todo era para ayer. Te aferradas en alcanzar esa perfección, que siendo sobrehumana, alguien te vendió como que podrías lograrlo tú.

El tiempo sigue pasando mientras olvidas las presentaciones y las competencias deportivas de tus críos. Pero claro es en pos de ellos que te entregas en cada sacrificio. Por darles la estabilidad económica que tus padres no pudieron brindarte a ti.

Y llega el día en que finalmente luego de ir subiendo los peldaños sociales de tu esfera, alcanzas el lugar que se supone que mereces.

Esperas entonces que las cosas cambien, que obtengas mayor libertad de tu tiempo. Olvidas que, mientras más cerca de la cúspide estás, mayores son las responsabilidades que adquieres.

Luego de varias décadas siguiendo ese mismo círculo vicioso, te enfrentas un día a la situación de desconocer a tu pareja y descubres que ante tus ojos ciegos, tus hijos pasaron de infantes a jóvenes adultos… no te diste cuenta de que el paso el tiempo no es infructuoso.

Entonces en un momento todos tus valores son sometidos a análisis profundos. Allí es donde te das cuenta que has perdido más de lo que esperabas alcanzar, y preguntas, ¿valió la pena?

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