He pasado varios días pensando en la facilidad con la que juzgamos a quienes nos rodean… Es tan fácil decir “estuvo mal, debiste de….” pero pocas veces nos mordemos la lengua y pensamos un poco en la razón que llevó a ese alguien a actuar de esa manera.

Decimos sentir empatía y simpatía por quienes nos acompañan, pero realmente pocas veces nos ponemos en su mismo lugar. A lo mejor salió de casa tarde, encontró un neumático vacío, se quedó atascado en el transito, para colmo el superior solicita un informe complicado con urgencia, mientras al PC esta en el taller.

A lo mejor se están acumulando las cuotas del pago de la tarjeta de crédito y aún no se sabe de donde vendrá el dinero para saldarla.

Y donde me desenvuelvo la situación es fácil de encontrar. Madres que juzgan a sus hijas, padres que encasillan a sus hijos, jefes que no entienden, parejas que no escuchan. ¿Qué es lo que pasa?

Por qué resulta tan difícil ponerse en el lugar del otro, en tratar de entender. De donde viene ese afán de que los demás justifiquen su accionar. Sólo nos toca por ocasiones callar. No hablar, si pondremos las palabras en tela de juicio.

Esperar a que baje la marea, dar tiempo a que se diluya la niebla… de hacerlo veremos que en todas las situaciones hay un mar de fondo.

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