Los planes para ese viernes era no tener que llegar a casa. Al menos eso esperaba al incluir en el carro, la ropa de calle, el maquillaje y el perfume para la noche. Las cosas no salieron dentro de lo planeado, fue tanto el cumulo de trabajo que al terminar la jornada estaba tan extenuada que preferí coger autopista para la casa a dormir.

El cansancio que sentía era mucho, pero aún así sentí que las cosas estaban fuera de lugar. No se exactamente que me dio la señal de aviso. Recorrí toda la casa buscando que me provocaba esa extrañeza. En mi cama, encontré mi laptop suspendida y abierta. La cargue y me di cuenta de que la última pagina seguía abierta en el navegador: “Los Escritos de Agniezka”.

Sospeche entonces y fui a su habitación. Sus últimas pertenencias ya no estaban. Al parecer había regresado a buscar los recuerdos que al unísono habíamos construido. Sus botas altas de cuero, su labial rojo pasión y su vestido corto de animal print… ahora si había quedado completamente vacío su armario.

En la mesa de la cocina encontré su taza. No quedaba duda alguna. Estuvo allí. Rastros de carmín sobre su taza blanca… como objetar esa prueba. Su perfume de feromonas fue el aroma que percibí al entrar, sigue siendo estridente y duradero.

No le charlé sobre mi vida, no le pregunté sobre la suya, pero inexplicablemente saber que estuvo en casa me resultó reconfortante. No se porque me gusto saber que había pasado por allí. Sin excusas ni razones.

Espero que no se deshaga de su llave y siga entrando cada vez que quiera a mi vida. Sin importar que este o no presente yo en la suya.

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