Llega el momento en que después de mucho analizar y pensar te das cuenta de que sólo quieres vivir.

No resultas mala mujer, no mientes más de lo normal, cumples con tus deberes sociales, pagas tus impuestos a tiempo, haces obras de calidad. Aún así las cosas no resultan como esperas, como al menos te mereces que sea.

Cocinas con los trucos que te enseñó la abuela, hasta tejes un poquito en crochet, te esmeras al organizar y decorar tu casa. Siempre fuiste la más condecorada en el cuadro de honor escolar y al graduarte en la universidad la situación se repitió.

En tu trabajo has destacado. Cumples a cabalidad tus responsabilidades, pero por momentos parece que nada es suficiente. Cada sacrificio es inválido. Se espera más y más… La sociedad, los amigos, la familia, todos esperan algo de ti. Tú te ahoga entre los anhelos de los demás, perdiendo por momentos tu identidad y olvidándote de tus propios deseos.

Y tú sólo quieres vivir. Ir a la playa, disfrutar de un café, leer fervientemente un libro, aprender un nuevo idioma, encontrar cada día una nueva razón para seguir viviendo. Es mientras riegas las rosas del balcón cuando asumes que es tiempo de establecer prioridades.

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