Aitor hace unos días escribía sobre la poca frecuencia con la que publico actualmente, en comparación con meses anteriores. Creo que el reclamo me hizo comprender lo encerrada que estoy hacia las cosas que estoy viviendo ahora. A él y a quienes alguna vez pensaron lo mismo pero nunca me lo confesaron, les debo esta explicación.

Siempre pensé que las manías que adoptaban las mujeres a la hora de casarse no eran más que simples vagabunderías… Ahora las cosas han cambiado. Me toca incluirme dentro de esas mismas actitudes que solía juzgar.

A menos de un mes para casarme, mi estado de ánimo es un asco. Me irrito por cualquier cosa, estoy muy intolerante con aquellos que me rodean. Una amiga incluso catalogó mi actitud como de niña malcriada y caprichosa… lo peor de todo es que sé que es así y no me importa.

Desde niña siempre escuché que el día de la boda era el más feliz de todos, pero no son más que las patrañas románticas que nos vende Disney. Al parecer el día de mi boda no será más que el día en que me toca a mí hacer feliz a todos los que me rodean. Todos esperan verme como la perfecta muñeca de porcelana vestida de novia, con su eterna sonrisa falsa pero perfectamente pintada con lápiz labial. 

Y cuando me quejo, me acusan de “egoísta”. Todos quieren tener derecho de opinar y determinar como serán las cosas, si les niego ese derecho me llaman “incomprensible”. Paciencia, sólo requiero un poquito de paciencia más para seguir en pie hasta que todo esto termine.

He ocultado toda esta ira del blog, pero no se exactamente porqué. A lo mejor sólo no quería llenar este espacio tan personal con la mala vibra que me embarga los días.

Así que ahora me reconecto con la veracidad de mis sentimientos, con la decepción de que no festejaré mi matrimonio con lo quería, con el sentimiento de tener tanta gente enojada a mi alrededor.

Ya veremos si me resigno y termino asistiendo a la fiesta de mi casamiento.

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