Hasta anoche no era consciente de lo que realmente acontecía a mi alrededor. Hasta anoche cuando él preguntó por su ausencia. No sé por qué, a lo mejor sólo había bloqueado todo lo que pasó un año atrás.

Aunque todos esperábamos ese llamado, nadie estaba preparado para la vorágine de sentimientos que se vieron involucrados.

Se fue mi matriarca. Esa dulce y dedicada anciana en torno a quien giraba nuestro mundo. Su presencia hace falta. Han pasados muchas cosas que con su toque personal hubiese sido diferentes.

La compra de un hogar, un nacimiento, una boda, ella hubiese sido feliz al ver como sus descendientes asumían sus destinos.

Hace un año ya desde que no está. Y su ausencia está tan latente como el día en que se fue.

Sólo nos quedan sus recuerdos y los valores que sembró en cada uno  de nosotros. Nos queda su legado, sus regaños y sus sonrisas, y todo se extraña en la misma dimensión.

Me resta sentirme dichosa por haberme sentado en sus piernas, que peinara mis trenzas, de haber compartido mi cama con ella, de acompañarle en algunas de sus andanzas, especialmente de haberle cuidado cuando su salud empezó a fallar y de encargarme de su alimentación cuando hizo falta.

Sigues aquí conmigo, mamá.

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