Salí a la sala mientras arreglaba mis ropajes, pero la sangre no fluía eficazmente a su cerebro. Me aprisionó contra una pared y continuo llenándome de besos mientras intentaba quitar el botón de mis pantalones. Con resistencia retrasé su avance. En el forcejeo terminamos en el suelo, revolcándonos. El en pos de desnudarme, yo tratando de evitarlo.

Una llamada lo desconectó de sus intenciones, dándome el tiempo necesario para poner cada botón en su lugar. Solo esos segundos fueron suficientes.

Al volver había regresado la calma e imitándome pasó al baño a refrescarse un poco. Para luego acompañarme en mi partida.

Nunca me había atrevido a referirme a lo que ocurrió esa noche. Posiblemente haya sido miedo a las cosas que descubrí de mi por lo que pasó con él.

Entiendo que ahí inició todo. Creo que ese incidente desencadenó en mí la predilección por ese tipo de encuentros. Desde entonces busco sentirme doblegada y sometida.

Es por ello que a lo mejor por eso siempre regreso. Para que me toque como ese día, que con sus manos inmovilice las mías. Que sus besos dejen rastros de sangre y fuego en mis labios.

El despertó mi adicción, convirtiendo su cuerpo en mi vicio. Me declaro adicta por convicción propia, por el egoísta placer que me embarga sentirlo sobre mí. Lo peor de todo es que ya lo acepto, no me resisto y no me apena confesarlo.

Ya está bueno de escribirles. Con estas líneas me despido. Tengo cita, hace dos meses que no estamos juntos… tiempo suficiente para desatar ese juego que nos place tanto y que mantiene nuestra adicción.

Anuncios