El motivo de visitarle fue puramente social, apoyarle en los momentos que vivía. Hacerle compañía, pasar tiempo juntos.

Conocedor de mis gustos me preparó café y sirviéndolo en la sala charlamos sobre los últimos acontecimientos.

La química que permanece aún entre nosotros cada vez se hizo más fuerte y evidente. Con su mirada quitó cada pieza de ropa que cubría mi piel. Evité las insinuaciones de sus frases y esquivé su mano cuando acariciaba la mía.

No fui capaz de prever la intensidad de los sentimientos que le embargaba. Nunca pensé que levantarme a llevar las tazas de café a la cocina desataría toda esa vorágine.

No sentí sus pasos al seguirme. Intempestivamente me tomó de la cintura y apretando nuestros cuerpos, comenzó a besarme con la convicción de que no existía mañana. Lo admito, cedí ante sus besos, no puse resistencia alguna. Me encantó la manera en que sus labios recordaban aún como interactuar con los míos. Me gustó sentirlo conmigo, disfruté lo que me hacía sentir.

Mientras me besaba, sus manos no estuvieron quietas. Hurgaron dentro de mi blusa, buscando mis pechos. Hizo a un lado mi brassier y despertó mis pezones que ansiaban secretamente ese reencuentro. No quedó espacio en mi cuerpo que sus manos recorrieran. Anduvo cada centímetro de mí.

Lo admito, sucumbí ante sus toqueteos en mi piel, sus labios en mi cuello, su aliento en mi rostro. Pero desperté y recordé que carecía de un título que le permitiera esas facilidades.

Le pedí que se detuviera, que le deseaba también, pero no es correcto. Habíamos terminado, esto no debía ser, no quería más heridas mutuas. Siguió besando mi rostro y mis pechos, mientras yo lo alejaba de mi cuerpo.

Continua…

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