“Tienes demasiada fe”, esas fueron sus palabras exactas para definir mi accionar respecto a la relación que ya me envolvía. La misma a la que estaba entregada a mantener a flote.

“Tienes demasiada fe”, así se despidió de mi sin que me hiciera entender que era su despedida. No me permitió darle razones para no irse.

Me dejo llorando su partida y lamentando su ausencia sin saber que era definitiva.

Los meses han pasado inconteniblemente y como Penélope sigo esperándo. En las mañanas reviso mi bandeja de entrada con la esperanza secreta de recibir un correo suyo, donde con comentarios indecentes me recomiende una nueva página con matiz sexual.

Ya no hay conversatorios extensos donde haga análisis de mi personalidad basándose en lo estúpido de mis dudas.

No creo que me haya perdonado, en lo que asume que le he fallado. Su ausencia me lo confirma.

Mis planificaciones en la relación que detesta han continuado, siempre con el susto de que al contestar el móvil escuche su voz al otro lado dándome razones para olvidarme de todo.

Hoy no estoy tan segura de que continúe dándose una vuelta por el diario a ver las actualizaciones, a lo mejor no le hace falta pues le llegaran a su mail. Por si alguien puede enviarle mi mensaje dígale que como conclusión a estas líneas solo me resta decirle:

«Me haces falta. Te extraño.»

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