Iniciamos como una historia rosa cualquiera. Eso éramos tú y yo. El tiempo empezó a correr y nuestras ilusiones seguían encandilando nuestra relación.

Finalmente nos establecimos asumiendo esto como la cúspide de la máxima felicidad. El correr del tiempo fue dejando que cayeran las mascaras que ambos nos pusimos ante nosotros mismos. Fingimos estar de acuerdo con todo. Siempre sonriendo sin percatarnos de los agravios.

Así terminamos siendo aquello que tanto evitábamos ser. Como esas parejas que nos antecedieron. Esas que sonríen para ocultar el llanto. De esas que solo lucen bien ante las cámaras fotográficas y en los eventos sociales.

Llegaron los hijos, porque tenían que, no porque así lo hubiésemos deseado. Las crías evolucionaron también asumiendo este comportamiento como un estilo de vida ideal.

Un día ellos se abandonaron el nido. El tiempo pasó y ninguno de los dos se dio cuenta del error que cometíamos al vivir una mentira. Tú encontraste en tus socios de negocios y sus citas empresariales la mejor excusa para nunca llegar al hogar. Yo me entregue a las obras filantrópicas huyendo de esa inmensa casa vacía.

Y llegó el 15 de abril como todos los años. Cada uno envuelto en sus responsabilidades. Incapaces de recordar el aniversario número 30 de nuestra boda. No hubo reunión familiar, ni cita romántica. No enviaste rosas, ni te deje un beso de regalo en el espejo.

Dejamos que la rutina nos envolviera en un torbellino de hastío que acabo con lo que algún día nos unió. Nos acostumbramos a vivir con un disfraz, solo así logramos seguir en pie, con la falsa de ser una familia feliz.

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