A pesar de la formalidad que hemos asumido en nuestra relación, seguimos buscando un espacio para vernos como amantes.

Eso de salir discretamente ante la mirada de los amigos. Apagar los móviles. Nunca revelar la ubicación geográfica. Usar los cristales oscuros. Andar bajo el amparo de la noche, la luna.

Visitar moteles de paso y desnudarnos con la rapidez de la euforia y la desesperación. Así nos entregamos al placer que anhelan nuestros cuerpos. Compartir nuestros jadeos y quejidos cubiertos con el velo de la clandestinidad.

Rápidamente, sin darnos cuenta termino el tiempo que se nos permitía para amarnos. Con pesar nos cubrimos las pieles con la ropa que momentos antes llevábamos puestas. Hubiéremos preferido seguir juntos pero nos separamos pues nuestros caminos eran distintos.

Al llegar, como es costumbre, me llamo para avisar que todo estaba bien. Me solicito que tomase una ducha, eso me ayudaría a olvidar el cansancio del día. Me negué. El no entendió y siguió sugiriéndolo.

“No quiero alejarte de mi, le dije. En mi cuerpo tengo tu aroma impregnado. Mi piel sigue viscosa por tu sudor. Me niego a perder tu esencia. ¿Cansancio, dices?, ¿A cuál te refieres, si ya te encargaste de quitar todos los rastros de estrés de mi organismo”.

Con un tono sorpresivo en su voz, agradeció el gesto y dejo en mis manos la decisión final.

Minutos después, tome un baño. La salud y la higiene me obligaban a ello. Solo  me resta esperar a que logremos coordinar nuestras agendas y encontremos un nuevo momento para que sigilosamente acudamos a una cita para amarnos.

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