Muchas personas me rodean… Unos hipócritamente, otros llenos de sinceridad… De todas esas unos cuantos se acercan formando un circulo más pequeño de personas con las cuales hablar, con las cuales compartir, con las cuales intercambiar experiencias y palabras… Aún así estoy sola.

No es que estas personas no se muestren prestas a acudir en auxilio cuando el momento lo requiera… No es que no estén pendientes de los cambios de humor para brindarme una sonrisa que provoca otra igual en mi rostro… No es que no tengan la disponibilidad de tiempo para invitarme a una cerveza y escuchar las penas que embarguen mi alma.

Es mi decisión… he decidido estar sola. Y así me pretendo quedar, “sola con mi soledad“. Confieso que en un momento es tanto lo que vivo con ella que me hastío hasta el cansancio… cuando ya las voces en mi cabeza se vuelven inaguantables  y requiero callarlas llenándome de los sonidos exteriores… Es entonces cuando me olvido de mí y me entrego a los otros.

Es entonces cuando seco  mis lagrimas, arreglo mi voz, cambio mi ropa, cubro mi rostro de maquillaje y me pongo la mascara de la chica mas feliz del mundo. Es entonces cuando acudo al llamado de mis amigas como toda “Wonder Woman” en un jet invisible y con un lazo mágico y hermosos brazaletes dorados. Es entonces cuando me pongo un t-shirt cualquiera y unos jeans desgastados y sentándome en cualquier bar donde me citan mis amigos, asumo el papel de Florence Nightingale llevando conmigo un botiquín para curar sus penas con algodón y alcohol.

Solo aprendí a estar disponible para todos, pero no a aceptar que otros estén para mí. Soy el hombro donde acuden mis amigos a derramar sus lágrimas, pero para mí solo mi almohada está. Yo lamo mis heridas. Yo limpio mis cortadas. Por eso vivo sola entre la multitud… yo para todos, nadie para mi. Así soy y ya no quiero cambiar.

Anuncios