¡Cuánta agua veo caer en mi ventana! Suficiente para hacerme la mujer más perezosa de la faz de la tierra. Con ganas increíbles que quedarme en casa, envuelta entre las sábanas.

Es lunes así que sin chistar a pararse de la cama para ir a justificar el sueldo que mensualmente devengo.

El agua me hace recordar. El aire frío tiene la mala costumbre de hacer recordar a mi memoria, todas las cosas que hice antes debajo de una cortina de agua pura.

El cielo llora. Y sus lágrimas hacen que mucha gente evoque su ayer. Ellas son las promotoras de llamadas impulsivas, de suspiros de añoranza, del cuestionamiento de las decisiones tomadas.

La lluvia deja ganas de tenerte cerca, de actuar como críos acurrucados uno con otro para calentarnos mutuamente.

A pesar de que el aire es gélido, a mí me dan ganas de desnudarme, las veces en que suelo estar en casa. Desnudarme y así percibir más íntegramente los recuerdos que la lluvia trae. Atiborrarme de ellos hasta que la melancolía me haga escribir y la nostalgia me haga llorar.

Podrán pensar que soy masoquista al evocar las memorias que me lastiman… no lo sé, posiblemente sí. Pero así soy, y me gusta.

Por mí que continúe la lluvia que yo ayudaré a las nubes en su llanto.

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