Hace unos días, Miguelito me preguntó que por qué cada vez que tenía días libres me iba a casa de mi tía, que si acaso no tenía algún enamorado que me entretuviera por ahí. No lo pensé, solo le respondí: “Quieres una que me tenga más asfixiada que esta vieja”.

“Esta vieja”, es mi abuela materna, la luz de mis ojos, mi delirio, la debilidad más grande que tengo.

En su mente no se registra ante mi presencia ningún grado de familiaridad. Su mirada es lejanas y sus ojos tristes. Su cuerpo ya no responde como antes, requiere ayuda pues no es capaz de sostenerse a sí misma. A veces, también olvida cómo comer.

A pesar de los pesares que sus ocho décadas le han traído, posee a su alrededor mucho amor. Sus nietos, cargados de mucha paciencia, se han encargado de auxiliar de ella, de la misma forma en que ella les atendió alguna vez. Ninguno se queja. A ninguno le pesa. Todos, están dispuestos a dedicarte todo el tiempo que requiera.

Ya no posee la fuerza de antes, pero tiene en quien apoyarse. Sonríe, aunque vagamente. Sigue siendo el centro de todas las actividades. El timón de nuestros domingos. La más tierna de todas las responsabilidades.

Alzheimer y Parkinson han alejado la fuerza de su personalidad. No nos importa, la amamos íntegramente, a lo mejor un poco más. Su lugar como Matriarca sigue siendo respetado. Ella se lo merece.

No importa que no sepas quienes somos, nosotros sí sabemos y recordamos, exactamente quién eres tú.

Te quiero mucho, abue.

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